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“Breaking Bad o la historia de una corrupción moral”, por Eduardo Martín Gutiérrez

El mal es un tema de la filosofía desde el momento en el que reflexionamos sobre su opuesto: el bien. Aunque, con justicia quizás, no se le ha dado el lugar de reflexión que merece en la historia del pensamiento. En primer lugar, habría que distinguir entre el “mal” con minúsculas y el “Mal” mayúsculo (el que procede de una instancia superior divina, a modo de dios maligno, diablo o demonio). Dentro del primer tipo, habría que separar el mal natural (producido por las catástrofes naturales inevitables) del mal moral o social. Para la religión o la superstición, el primero puede ser una consecuencia del Mal mayúsculo; por el contrario, el mal moral es fruto de los hombres de carne y hueso y, por tanto, innecesario y evitable. El segundo tipo es el que aquí nos interesa.
Afortunadamente, no solo se reflexiona sobre la realidad del mal desde un ensayo o un sesudo tratado, sino que las series de televisión realizan esta tarea con una gran destreza, libertad y una imaginación sin fronteras. Y precisamente ahí es donde reside el éxito de este fenómeno contemporáneo de series, que algunos vivimos y disfrutamos tanto. Se dice que los mejores guionistas y la mayor calidad creativa a la hora de contar historias que nos atrapen se han trasladado del cine o la novela a las series. Breaking Bad (“Volverse malo”) es un perfecto ejemplo de esto.
Muchos de los que nos deleitamos con este fenómeno serial sentimos, quizás, una debilidad no declarada, que roza por momentos la admiración por estos personajes “malos” o no “tan malos”. El bien y el mal como realidades morales y ontológicas no están tan separados como pueda parecer a simple vista, y de esto da buena prueba nuestro químico protagonista de la serie, Walter White, que, como traficante, adopta el científico nombre de Heisenberg. Al ver la serie sublimamos ciertos deseos inconfesos y vivimos otras vidas posibles a modo de sueño provisional, sin los riesgos que comportaría protagonizarlas en nuestra vida ordinaria. Nos ponemos por unos momentos de parte del “malo”, “nos volvemos malos”, para luego volver a ser de nuevo “buenos” cuando termina el capítulo. Algunos “súper” malos llegan a verse tres temporadas de una tacada en un fin de semana. Paradójico ejercicio moral en el que deseamos que a nuestro malo no lo pillen con las manos en la masa, convirtiéndonos así en cómplices de una ficción moral. ¿Por qué se produce ese fenómeno personal de empatía con este “malo” llamado Heisenberg? ¿Existe algún motivo o argumento moral que lo justifique? ¿O es que simplemente somos unos malos reprimidos?

 

En el famoso pasaje del anillo de Giges de La República de Platón, Sócrates se pregunta por qué actuamos correctamente, cuál es la motivación de la vida moral y virtuosa. Para su interlocutor Glaucón es la mirada del otro (el qué dirán, el miedo al castigo o sanción moral o legal) el auténtico motivo de la acción humana. Así, el bueno y el malo solo se distinguen por la precaución o distinta importancia que dan a la mirada del otro, por la mayor o menor destreza a la hora de ocultarse y no ser descubiertos, evitando la sanción de la comunidad en la que se vive. Si el uno y el otro poseyeran un anillo que les hiciera invisibles, entonces ya nada los distinguiría y cada cual perseguiría su interés egoísta. El planteamiento socrático-platónico es contrario a esta visión: la moral sería el conjunto de principios que todos respetaríamos aun si fuéramos invisibles.
Tras conocer su fatídica enfermedad, un cáncer terminal en estado avanzado, parece que al protagonista de la serie poco le importa parecer bueno a los ojos de los demás, e incluso a los ojos de sí mismo. Su historia de corrupción moral parece tomar un rumbo imparable e insospechado. Una vez que la cadena de mentiras ha empezado, solo cabe una huida siempre hacia delante y adoptar una doble vida moral: por una parte, es buen padre y profesor, decente, honesto, paciente con la gente, siempre hace lo correcto, un héroe a ojos de su hijo; por otra, es el enigmático y escurridizo traficante de metanfetaminas conocido en el mundillo de la droga como Heisenberg. Su inteligencia científica le permite “cocinar” la mejor metanfetamina del mercado y amasar así una fortuna que le permitirá pagar las astronómicas facturas médicas de su tratamiento contra el cáncer y legar un importante y sustancioso capital a su familia. En estas circunstancias límites, Walter White parece liberarse de la tremenda farsa general en la que vive y de esa mirada vigilante de los demás, a lo que ayudará sin duda su clara inadaptación social. A partir de entonces, la mudanza moral hacia el mal de nuestro protagonista no dejará de sorprendernos. Es aquí donde nos preguntamos: ¿se hartó el profesor de química Walter White de parecer bueno a los ojos de los demás?, ¿por qué sufrió esta transformación moral?, ¿está justificada?, ¿somos buenos porque poseemos un carácter bueno o solamente somos buenos para salvar las apariencias frente a los demás en una útil farsa compartida socialmente?
Son preguntas de difícil respuesta, pero quizás lo atrayente de esta serie y de este personaje es que la mudanza moral hacia el mal la realiza lo que podríamos llamar un hombre normal, un sujeto corriente, ordinario, habitual y, precisamente por todo esto, supuestamente previsible. Tan normal que forma parte de esa mayoría que no ha conseguido todavía realizar el sueño americano individualista y a la cual el infortunio de una grave enfermedad le coloca al borde de la ruina económica. Walter White no es el típico hombre malo salido de los bajos fondos y fruto de la marginación social, sino que ha sido un brillante investigador químico al cual un desengaño amoroso y su inadaptación social le colocaron fuera de una puntera y lucrativa empresa química, llamada Materia Gris. Interesante nombre que nos recuerda a la zona gris de la que habla la filósofa alemana Hannah Arendt y en la que parece colocarse cada vez más nuestro protagonista al iniciar un proceso en el que, según Primo Levi, “se extingue todo residuo de piedad hacia el otro”, y donde parece que la figura humana deja de conmovernos.
Este carácter “normal” del personaje protagonista le hace atractivo para el espectador de la serie, porque “el malo” fue antes bueno, como la mayoría de nosotros, y las circunstancias le arrastraron a “volverse malo” y mirar sólo por su propio beneficio, obviando las malas consecuencias de su conducta. Es precisamente ese halo de normalidad lo que nos permite colocarnos fácilmente en su lugar y sentir una empatía con el personaje que puede llegar a convertirse en muchos momentos en una cómplice simpatía.
Walter White entra en un túnel sin salida, el túnel del mal, y penetra en una pesadilla imparable que le obliga siempre a huir hacia adelante. En su nuevo papel de malo intenta adaptarse y entender, si no justificar, los motivos que a otros como él le movieron hacia el mal. Relativiza el mal desde el momento en el que le resulta difícil saber qué es el bien, aunque nunca llega a realizar este ejercicio de autoaceptación de su nueva situación o condición moral. ¿Nos vemos situados en el mal o empujados a él, o somos malos a modo de condición elegida? Elegir entre uno de estos dos términos plantea una disyuntiva que requeriría un tratado de filosofía moral, pero que aquí nos interesa porque nos puede ayudar a entender cómo nuestro personaje progresivamente necesita recurrir a cierto “situacionismo moral” (la enfermedad terminal, su ruina económica, etc.) para justificar sus acciones y sobrevivir ante las situaciones adversas que se le van planteando en este bucle sin salida en el que se ha convertido su vida. Afirmar a priori una condición o carácter supuestamente virtuosos de poco le sirve, pues eso no le curará su enfermedad ni asegurará un futuro económico a su familia.
Al principio de la tercera temporada de la serie y tras una trágica colisión entre dos aviones sobre la población de Albuquerque, el decente y honesto profesor de química, el señor Walter White, hace una auténtica declaración moral ante lo sucedido en el pabellón del instituto en el que trabaja en una especie de terapia de grupo para superar las secuelas del accidente: “hay que mirar el lado bueno, no murió nadie en tierra y eso es casi un pequeño milagro y, además, ningún avión iba lleno… y eso, por el número de muertos, ocupa el puesto cincuenta y cuatro en la lista de los accidentes, porque de hecho cincuenta y tres accidentes en la historia fueron iguales o peores. En el accidente de Tenerife murieron casi seiscientas personas y aquí ya nadie lo recuerda, porque la gente olvida y mira al frente, seguimos y aquí todos seguiremos. Esto quedará atrás porque es lo que hace el ser humano. Sobrevivimos y lo superamos”.
En ausencia de un Dios benigno o de un Bien absoluto, y teniendo que convivir con los males naturales y morales del día a día, el ser humano sobrevive como puede y olvida, mirando siempre hacia adelante y no dejándose turbar por las miradas de los demás sujetos morales con los que convivimos. Una verdadera declaración de escepticismo moral que roza un tipo de nihilismo de supervivencia. En este camino sin retorno hacia el mal, el profesor Walter White tiene un extraño compañero de viaje, su ex alumno Jessie Pinkman, que también sufre una progresiva degradación moral. En una terapia para desengancharse de la droga y tras la muerte de su novia, ahogada por sus propios vómitos tras colocarse con heroína, éste reflexiona sobre si se puede y se debe huir de algo o es mejor afrontarlo, si se debe aceptar quién eres. Pero ¿qué ocurre si aceptas que eres malo? Cuando hacemos daño a alguien, nos sentimos culpables y se produce un cambio o transformación sustancial en nosotros y, a partir de ese momento, ya nada es igual, pues la percepción de la realidad puede cambiar radicalmente. Es entonces cuando cabe preguntarse sobre la situación o la condición moral del que hace el mal, sobre la verdadera ontología del mal moral. El mal moral cambia al sujeto que lo produce y, a su vez, hace que éste perciba la realidad de manera diferente. Su ontología moral cambia y la serie, al completo, es buena prueba de esta transformación moral hacia el mal.
En la carretera de la vida hay encrucijadas dilemáticas en las que tenemos que tomar una decisión sin mapa con el que poder guiarnos. Walter White quizás tomó el camino equivocado, cometió un leve error, que le hizo entrar en una pesadilla imparable cuya narración constituyen las cinco temporadas de la serie. Una vez expulsados del Paraíso bíblico, también nosotros nos enfrentamos a estos momentos dilemáticos sin un mapa moral que nos indique con exactitud dónde está el bien y nos hacemos la eterna pregunta de qué significa ser bueno. Viendo esta maravillosa serie me pregunto a mí mismo si hay en el interior de cada uno de nosotros un Heisenberg en potencia preparado para explotar si las circunstancias así lo requieren.