“Dispersos”, por Jose A. Ortuño

Ahora ya, como así nos parece que ocurre en el Cosmos, también la vida humana tiende a la dispersión. Y entre las tantas cosas, si no todas, que manejamos los humanos no se observa que sean muchas las que escapen a tan descomunal y vertiginoso movimiento. Miles de pantallas, dispersas por todos los ángulos del espacio, reclaman nuestra mirada, que se queda bizca ante semejante eclosión. Todas, a su manera, quieren vendernos algo pero cuanto menos lo sepamos mejor. Dentro de esas pantallas, de forma inexorable, vamos cayendo todos, dedicándonos a deambular por esa laberíntica red de redes que al no conocer su fin ni sus fines no sabemos seguro si nos guía o más bien nos enreda. Las actuales asignaturas (las antiguas materias y las aún mas antiguas disciplinas) aunque lo intentan ya no pueden ayudarnos, sus conocimientos andan también dispersos entre cientos de optativas y talleres faltos de peso y esplendor. Es tanto lo que demanda nuestra atención que resulta imposible centrarse, y menos aún concentrarse, dispersos en medio de todo ese magma de estímulos y señales donde resulta imposible dilucidar lo central de lo marginal. Se trata de la información, que de forma voraz crece y se expande en contra de la formación, y por lo que tan difícil se hace hoy enseñar como aprender. La realidad se dispersa en la virtualidad, donde todo está al alcance de la mano pero nada se puede tocar. Será por ello que nadie puede quedar quieto, “libres” dispersándonos por el globo gracias al low cost. Y con nosotros millones de cámaras nos escoltan disparando a discreción, alimentando de forma bulímica ese inmenso, insaciable y también disperso estomago visual. Pero aunque es verdad que el plato es cada vez más grande y glamuroso, para qué si la comida ha desaparecido, gasificada, transmutada, dispersa y desestructurada gracias a Ferrán Adriá. Quiere hacer de la cocina un arte pero también el arte anda perdido y disperso entre instalaciones, happenings y performances. El arte de hoy apenas ni se entiende ni conmueve, por lo que para poder apreciar la presunta esencia (¿belleza?) de algo se hará necesaria una compleja y enigmática explicación, que las más de las veces nos suena a pobre y dispersa justificación. Pero la justificación no nos la da ahora la religión sino cientos de religiones a la carta que nos ofrecen paraísos variados en función del grado de dispersión de cada cual. Hay que crecer y progresar, es la ley que nos impusimos en occidente, ley que hemos fumigado y dispersado por todo el orbe y quién sabe si al final nos condenará. Sí que algo progresa, la tecnología, pero parece que a costa de todo lo demás. Las cuentas tampoco le salen a la economía desde que el dinero circula oculto y disperso de forma virtual; donde el mercado no puede romper las cosas tan rápido como desearía ni nuestras tarjetas de banco dar más de sí. El resultado: ya ni se nos asegura la sociedad del bienestar. La que sí es segura es la cantidad de basura dispersa por tierra, aire y mar, incluida la que se nos va incrustando en nuestro código genético y nos dispersa de nosotros mismos, extraños y extrañados de lo que nos pasa. Vivimos nuestro presente dispersos, insaciables consumiéndolo todo, atenazados por un pasado del que no aprendemos y atemorizados por un futuro que no para de derretirse. Si al menos pudiéramos oír el Cosmos, pero es tan callado y silencioso… Cuanto más tratamos de acercamos con nuestras naves más se aleja él, tan huidizo y reservado. Le hemos preguntado mucho pero apenas nos ha dicho nada de cómo ha conseguido su nocturna y, en apariencia, apacible dispersión, siendo sin embargo la nuestra tan agitada y convulsa. Nos tocará preguntarnos a nosotros mismos, pero la cuestión es: ¿de verdad nos lo queremos preguntar? Como decía alguien, el exceso es la forma de nuestro vacío. Un vacío disperso, podríamos añadir.