La Libertad 2

“En qué estado vivimos…”, por José Antonio Ortuño

De vez en cuando acudo a estudiar a una biblioteca de mi ciudad, pero en verdad cada día apetece menos pues cada vez resulta más difícil poder concentrarse y contagiarse del clima de estudio que debería reinar. Cada poco suena el móvil y a muchos de los allí presentes (buena parte universitarios) se les ve adheridos a su maquinita mandando y recibiendo mensajes mientras los apuntes se desesperan al no recibir toda la atención que merecen. Si te toca compartir mesa de estudio con alguien con maquinita estás perdido, imposible no distraerse.

Por lo demás, apenas hay concierto de música, obra de teatro, sesión de cine, reunión de trabajo o conferencia a la que haya asistido en los últimos años en donde no haya sonado un móvil, o varios, y cuando no ha sido el móvil lo ha sido alguna cámara fotográfica con afán de protagonismo, a veces la del propio fotógrafo de prensa que ilustraba el evento y que desconocía las más elementales normas de respeto a considerar en su trabajo.

Una anécdota ilustrativa de todo esto ocurrió hace más o menos un año: en medio de un concierto de música clásica en la Filarmónica de Nueva York, el director tuvo que verse obligado a parar el concierto para decirle a alguien del público que apagara su móvil (que sonaba con sintonía de marimba electrónica) y que se oía más que toda la orquesta junta.

La cosa, qué decir, apenas tiene solución porque la probabilidad de que en un lugar donde se reúnan un número más o menos elevado de personas, y unas por inconsciencia y otras por olvido, las haya que se dejen el móvil encendido y este pueda sonar es casi total.

Lo que podemos perder con ello es seguro algo de gran envergadura, difícil de medir y valorar porque está relacionado con el sentido trascendente de determinados rituales, ya sagrados, ya profanos, que cada sociedad establece como propios y que tienen la función, entre otras, de permitirnos salir de la realidad común y cotidiana para poder experimentar algo que se sitúa en otro orden y que nos conecta ya con los misterios de la vida y la creación, ya con la parte más noble de la virtud y la creatividad humanas.

Hay situaciones donde no es grave que suene el móvil pero hay otras que sí, sobre todo en aquellas donde el silencio es el ingrediente principal del acto, espectáculo o ceremonia. La consecuencia de todo ello es que ya sea en una iglesia, ya en una sala de conciertos, ya en cualquier lugar o situación que requiera silencio (y hasta oscuridad) la dimensión ritual de lo sagrado (o más aún, la dimensión sagrada del ritual) están en serio peligro de desaparecer. Con ello determinadas manifestaciones de la cultura pierden su sustancia y potencialidades para acabar banalizándose, convertidas en puro entretenimiento, sin apenas enseñanza.

Si como decía alguien tendríamos que aprender a estar un poco más quietos, de igual manera habría que añadir que también deberíamos aprender a estar más en silencio (sin esperar a que suene nada). Pero el móvil, de una sola jugada, ha anulado las dos posibilidades, la de poder estar quietos en un lugar y la de poder estar en silencio en ese u otro lugar.

Al estar en peligro la alternancia entre el tiempo sonoro (la realidad impuesta o autoimpuesta) y el tiempo de silencio (el que voluntariamente creamos y buscamos –artística o ritualmente- como evasión del anterior) se nos coarta la posibilidad de soñar, un proceso siempre en los límites de la realidad pero necesario para desarrollar nuestra humanidad, pues somos humanos gracias a la aventura y la curiosidad de querer mirar más allá.

Si no teníamos bastante con el despertador, ese aparato que de forma brusca y cruel nos coloca cada mañana en la realidad, ahora también el móvil, más sus hermanos y primos, amenazan seriamente con anular cualquier forma de ensoñación (aunque solo se trate de ver una película y dejarnos transportar por su historia) para convertirse casi en una pesadilla, la cual va en paralelo de todo ese proceso que, dicho a lo basto, podríamos denominar de ensimismamiento pantallil. Y todo sumando, camino del embotamiento, de la saturación visual a la saturación sonora.

Y es por ello que el nuevo Dios ya no está en las alturas, diluido y abarcándolo todo a la vez; ahora ha perdido su carácter abstracto y se concretiza, como la hostia divina, en las manos de cada uno. Es táctil y requiere de batería pues su energía ya no es eterna; para ad-mirarlo no es necesario alzar la vista a lo alto, más bien lo contrario, como decía alguien han conseguido que ahora todos agachemos el lomo y vayamos y hagamos lo que él nos pida. Y cada pocos meses hay que renovarlo pues tiende a metamorfosearse con gran voracidad.

¿Por qué en la biblioteca donde voy no hay un cartel que diga que echarán fuera a todo aquel que le suene el móvil, o de la sala de conciertos? Sí, es así, por un lado el que paga manda y si todos pagamos (como es el caso) más aún, pero no, en verdad más bien es porque el que sea asignado para ello lo más probable es que también lo lleve encendido. Incluso el que designe al asignado. Y hasta el que designe al que designa…

¿En qué estado vivimos? No en estado de alarma (aunque tampoco está descartado), sino más bien en estado de ALARMITA.