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“La foto del torero”, por Juan José Lara Peñaranda

Una de las formas más estúpidas que tenían las autoridades barcelonesas de afear la abolición de las corridas de toros en Cataluña era vetar la fotografía de un torero.
Para prohibir las corridas de toros no es preciso negar que la tauromaquia constituya un arte ni que el torero resulte una figura apasionante y merecedora, por tanto, de la atención de los artistas. Se puede efectuar una tortura de manera bastante artística. Ejecutar primorosas danzas y bellas melodías en torno al tormento de una criatura no anulará el tormento. Desvarío sería, por otro lado, pretender que la mirada del artista no se dirija a quien se planta frente a la astada mole azabache para, entre poses y florituras, someter a la bestia al designio humano. Ilusa pretensión que el pincel, la cámara o la pluma no se sientan irremediablemente seducidos por la energía visual que emana de un traje de luces que se ajusta al cuerpo esmeradamente ejercitado y una montera que se calza cuando llega el momento dramático de enfrentarse a los pitones. Igualmente nos subyugan las imágenes de quien toma aliento antes de apretar el gatillo en la ruleta rusa: el magnetismo tétrico de un ser humano exponiendo su vida. El ojo del artista se posa en las más vistosas escenas del drama humano, no en las más loables.
Confundir la presentación artística con la apología: un yerro –¿o una maldad?– pertinaz de quienes sufren de propensión a la censura. Uno pensaba que esto era cuestión zanjada desde aquel episodio, ya lejano, de un relato de Hernán Migoya. Donde un personaje, violador, venía a afirmar que los violadores no eran mala gente. PSOE, IU y asociaciones feministas se apresuraron a pedir cabezas y reclamar censura. Es más, dos eurodiputadas socialistas a la sazón, Elena Valenciano y Soraya Rodríguez, denunciaron al Estado Español ante la Comisión Europea por no destituir de su puesto a la responsable de la editorial del libro, Miriam Tey, que ocupaba entonces el cargo de directora del Instituto de la Mujer. Rosa Regàs llegó a afirmar, en los micrófonos de Radio Nacional, que el autor debía cumplir la misma pena que un violador consumado. No obstante, un manifiesto en defensa del autor (que ya se había encargado de defenderse subrayando que las opiniones de los personajes de ficción nada tienen que ver con las del autor), con firmas como la de Elvira Lindo, Pere Gimferrer o Antonio Muñoz Molina, y un artículo de Vargas Llosa dejaron las cosas en su sitio. Manifiesto y artículo se encargaron de recordar que en función del criterio aplicado a Migoya –lo que un personaje haga o piense constituye una apología de lo hecho o pensado– deberíamos proceder a la inmediata eliminación de obras como Crimen y Castigo, Lolita, La Celestina, la mayoría de las tragedias de Shakespeare o el Tirant lo Blanc. ¿Qué hacer, añado yo, con los tan deliciosos como depravados retratos de Egon Schiele? ¿Qué haremos de Breaking Bad, serie que acaba de elevar la televisión al Olimpo de los más respetables medios artísticos y donde un profesor de química de instituto se convierte en un asesino en serie líder de una factoría internacional de metanfetamina y acaba confesando que le gustaba? Es más, ¿exagero mucho si pregunto qué haremos con todo el arte? Porque hace falta paciencia para digerir cientos de páginas o minutos de pantalla convertidos en un desfile de ejemplares trabajadores y bondadosos ciudadanos.
Aristóteles tenía una respuesta al porqué de la fascinación que ejerce en nosotros la presentación artística de hechos crueles o luctuosos. Acudimos, decía el filósofo, a contemplar desdichas y abyecciones como quien toma una purga. El arte constituye así el colosal e higiénico invento de inducir en nosotros emociones que sabemos suscitadas sólo por la invención. El arte constituye, pues, una deflagración emotiva controlada y civilizada. El efecto catártico sobre el espectador es posible a que el autor se libera de demonios que sabe compartidos con su público. La psicóloga estadounidense Lisa Firestone se preguntaba a propósito de la serie Dexter cómo es posible que millones de personas siguieran cada semana las andanzas de un psicópata que, además, causaba simpatía. El monólogo interior de Dexter lo presentaba como una personalidad sumamente disociada, en ardua lucha contra su propia naturaleza. “En esto –afirma Firestone– nos identificamos con él y somos conscientes de que la diferencia entre Dexter y nosotros radica sólo en el grado y el carácter de esos pensamientos negativos”. Claro: no somos psicópatas ni violadores, pero penetrar en un alma enferma arroja luz sobre nuestra alma sana.
Bajo el lema “por un arte edificante”, hagamos películas y novelas que versen, al más puro estilo del realismo socialista, sobre trabajadores estajanovistas y la belleza del paisaje patrio: a ver cuánto tardan los cines y las bibliotecas en vaciarse definitivamente.