“Breaking Bad o la historia de una corrupción moral”, por Eduardo Martín Gutiérrez

El mal es un tema de la filosofía desde el momento en el que reflexionamos sobre su opuesto: el bien. Aunque, con justicia quizás, no se le ha dado el lugar de reflexión que merece en la historia del pensamiento. En primer lugar, habría que distinguir entre el “mal” con minúsculas y el “Mal” mayúsculo (el que procede de una instancia superior divina, a modo de dios maligno, diablo o demonio). Dentro del primer tipo, habría que separar el mal natural (producido por las catástrofes naturales inevitables) del mal moral o social. Para la religión o la superstición, el primero puede ser una consecuencia del Mal mayúsculo; por el contrario, el mal moral es fruto de los hombres de carne y hueso y, por tanto, innecesario y evitable. El segundo tipo es el que aquí nos interesa. Sigue leyendo “Breaking Bad o la historia de una corrupción moral”, por Eduardo Martín Gutiérrez

“En qué estado vivimos…”, por José Antonio Ortuño

De vez en cuando acudo a estudiar a una biblioteca de mi ciudad, pero en verdad cada día apetece menos pues cada vez resulta más difícil poder concentrarse y contagiarse del clima de estudio que debería reinar. Cada poco suena el móvil y a muchos de los allí presentes (buena parte universitarios) se les ve adheridos a su maquinita mandando y recibiendo mensajes mientras los apuntes se desesperan al no recibir toda la atención que merecen. Si te toca compartir mesa de estudio con alguien con maquinita estás perdido, imposible no distraerse. Sigue leyendo “En qué estado vivimos…”, por José Antonio Ortuño

“La foto del torero”, por Juan José Lara Peñaranda

Una de las formas más estúpidas que tenían las autoridades barcelonesas de afear la abolición de las corridas de toros en Cataluña era vetar la fotografía de un torero.
Para prohibir las corridas de toros no es preciso negar que la tauromaquia constituya un arte ni que el torero resulte una figura apasionante y merecedora, por tanto, de la atención de los artistas. Sigue leyendo “La foto del torero”, por Juan José Lara Peñaranda

“Dispersos”, por Jose A. Ortuño

Ahora ya, como así nos parece que ocurre en el Cosmos, también la vida humana tiende a la dispersión. Y entre las tantas cosas, si no todas, que manejamos los humanos no se observa que sean muchas las que escapen a tan descomunal y vertiginoso movimiento. Miles de pantallas, dispersas por todos los ángulos del espacio, reclaman nuestra mirada, que se queda bizca ante semejante eclosión. Todas, a su manera, quieren vendernos algo pero cuanto menos lo sepamos mejor. Sigue leyendo “Dispersos”, por Jose A. Ortuño

“Música celestial”, por Adolfo Plaza Uñac

Con el pelo recogido en una trenza, amarillo como el sol del mediodía, ceñido el cuerpo de lirio en un vestido rigurosamente negro, sin adornos, abrumadoramente sencillo, a juego con unos zapatos de tacón medio alto, con ribetes plateados, apenas visibles por la altura en que caía la falda, unos milímetros por encima de los tobillos, que se insinuaban al vaivén de cada movimiento de cadera, en tanto el brazo derecho azotaba luces y sombras al tiempo que flexionaba con el izquierdo la medida del tiempo y del espacio, cimbreándose en la expresión de su rostro que cambiaba de aterciopelada ternura a severidad inquebrantable, inclinado el cuello para escucharse mejor en sus pensamientos, de emociones floridos y de sentimientos encontrados, oropéndola y colibrí, meciéndose ora aquí ora más allá ora aquí de nuevo, en un fluir que no habría necesitado hacerse danza por ser pura nostalgia de la inmediatez, y los labios entreabiertos y los labios entreabiertos y los labios entreabiertos, también sabía guardar quietud en una pose natural de prestancia, con los ojos escarchados, porque en el reposo era el Norte y sus hielos, aguardando el fin de la réplica como sibila que anticipa el inevitable acontecer, y otra vez el Sur y el aire palpitante de vida, que hasta los muertos habrían pedido audiencia sin esperar la hora del Juicio, y la espalda bamboleándose, hacia atrás y más atrás aún, en una contorsión imposible pero incuestionable, que el reflujo de la marea al anuncio de su escote entre recatado y generoso recomponía, así, abrazada a su Guarneri del Gesù o tal vez a su Guadagnini –qué más da, como si fuera un Gagliano o un Stradivarius-, Julia Fischer tocó este viernes por la noche, en el Teatro Principal, las tres sonatas para violín y piano de Robert Schumann; y como en una combinatoria de premoniciones memorables, tocó, primero, la tercera, segundo, la primera y, después del descanso, se anunciaba que, tercero, la segunda; y que en terminando el tiempo habitual del receso, recuperados los unos de haber sido mujeres místicas en el multiorgasmo espiritual y las otras, acaso sin misticismos de varón porque nunca los hubiera, de saltarse los preliminares, algo extraño sucedía que la artista no regresaba, y unos pocos, primero, y otras pocas, después, se barruntaban que acaso todo aquello había sido demasiado, que el precio de alcanzar el paroxismo había dejado insolvente a la musa, que la Naturaleza se habría vengado de ella por celos y el Destino por envidia, como si en adelante la ropa tendida jamás se fuera a secar; pero no, qué va, para nada; que se anunció por megafonía si había algún pianista en la sala, y que comprendí de sopetón que su acompañante habría sufrido un arrebato, una apoplejía, una epilepsia, o que le habría dado un telele por no poder tocar sino el piano; pero no, ni mucho menos, que tampoco, que el artista parecía haber aprendido, por lo visto, a vivir bajo el volcán o en los rigores del tsunami con el temple y la serenidad con la que los eunucos se enfrentan a la voluptuosidad o Job a los divinos designios, que muy otro era el contratiempo, pues el chaval que pasaba las páginas de la partitura del pianista se puso malo, sin duda por no haber aprendido a vivir bajo el volcán o en los rigores del tsunami, sin duda por haber sufrido una apoplejía o un arrebato o una epilepsia, sin duda por haberle dado un telele, sin duda por no poder tocar sino las páginas de una partitura; y que después de ciertos murmullos crecientes un héroe se alzó entre los concurrentes y se dirigió hacia los camerinos circunspecto, con los puños apretados, con el paso un pelo tambaleante, un pelo decidido, como Odiseo hacia las sirenas, el rostro brillante de sudor y torva la mirada; y que al cabo de nada apareció la musa, el pianista y el héroe, que fue recibido con una ovación cerrada, ¿pues cuántos no habían mordido el polvo, cuantos superado la prueba?, alentada por los golpecitos del arco sobre el violín de la musa, que hasta en el aplauso se mostraba embriagadora, y que después de

los prolegómenos habituales, carraspeos y silencio expectante, ocurrió; y la sonata número 2, en re menor, emergió con unos rotundos ataques del arco sobre la cuerda que provocaron el delirio y los ojos arrasados en lagrimas, y, a cada paso de página, el héroe se levantaba vacilante en brete de desplome; y fue el caso que volvió a ocurrir lo inaudito, lo que ni un Heifetz, ni un Szeryng, ni un Perlman, ni un Menuhin, ni un Oistrakh, ni, en fin, los más grandes violinistas de todos los tiempos, juntos, habrían conseguido; que nos olvidáramos del héroe y de su ocasión; y, en ésas, apartándose el pelo que descubría una bella perla por pendiente, comenzó el segundo movimiento o tal vez el tercero, o el cuarto, no sé, pues de lo acontecido nadie puede ya dar testimonio; tan sólo, en la memoria, queda un silencio macizo que, prodigiosamente, se rompió por el eco de un bravo solemne; y fue entonces que la tierra tembló; como por primera vez.