“Música celestial”, por Adolfo Plaza Uñac

Con el pelo recogido en una trenza, amarillo como el sol del mediodía, ceñido el cuerpo de lirio en un vestido rigurosamente negro, sin adornos, abrumadoramente sencillo, a juego con unos zapatos de tacón medio alto, con ribetes plateados, apenas visibles por la altura en que caía la falda, unos milímetros por encima de los tobillos, que se insinuaban al vaivén de cada movimiento de cadera, en tanto el brazo derecho azotaba luces y sombras al tiempo que flexionaba con el izquierdo la medida del tiempo y del espacio, cimbreándose en la expresión de su rostro que cambiaba de aterciopelada ternura a severidad inquebrantable, inclinado el cuello para escucharse mejor en sus pensamientos, de emociones floridos y de sentimientos encontrados, oropéndola y colibrí, meciéndose ora aquí ora más allá ora aquí de nuevo, en un fluir que no habría necesitado hacerse danza por ser pura nostalgia de la inmediatez, y los labios entreabiertos y los labios entreabiertos y los labios entreabiertos, también sabía guardar quietud en una pose natural de prestancia, con los ojos escarchados, porque en el reposo era el Norte y sus hielos, aguardando el fin de la réplica como sibila que anticipa el inevitable acontecer, y otra vez el Sur y el aire palpitante de vida, que hasta los muertos habrían pedido audiencia sin esperar la hora del Juicio, y la espalda bamboleándose, hacia atrás y más atrás aún, en una contorsión imposible pero incuestionable, que el reflujo de la marea al anuncio de su escote entre recatado y generoso recomponía, así, abrazada a su Guarneri del Gesù o tal vez a su Guadagnini –qué más da, como si fuera un Gagliano o un Stradivarius-, Julia Fischer tocó este viernes por la noche, en el Teatro Principal, las tres sonatas para violín y piano de Robert Schumann; y como en una combinatoria de premoniciones memorables, tocó, primero, la tercera, segundo, la primera y, después del descanso, se anunciaba que, tercero, la segunda; y que en terminando el tiempo habitual del receso, recuperados los unos de haber sido mujeres místicas en el multiorgasmo espiritual y las otras, acaso sin misticismos de varón porque nunca los hubiera, de saltarse los preliminares, algo extraño sucedía que la artista no regresaba, y unos pocos, primero, y otras pocas, después, se barruntaban que acaso todo aquello había sido demasiado, que el precio de alcanzar el paroxismo había dejado insolvente a la musa, que la Naturaleza se habría vengado de ella por celos y el Destino por envidia, como si en adelante la ropa tendida jamás se fuera a secar; pero no, qué va, para nada; que se anunció por megafonía si había algún pianista en la sala, y que comprendí de sopetón que su acompañante habría sufrido un arrebato, una apoplejía, una epilepsia, o que le habría dado un telele por no poder tocar sino el piano; pero no, ni mucho menos, que tampoco, que el artista parecía haber aprendido, por lo visto, a vivir bajo el volcán o en los rigores del tsunami con el temple y la serenidad con la que los eunucos se enfrentan a la voluptuosidad o Job a los divinos designios, que muy otro era el contratiempo, pues el chaval que pasaba las páginas de la partitura del pianista se puso malo, sin duda por no haber aprendido a vivir bajo el volcán o en los rigores del tsunami, sin duda por haber sufrido una apoplejía o un arrebato o una epilepsia, sin duda por haberle dado un telele, sin duda por no poder tocar sino las páginas de una partitura; y que después de ciertos murmullos crecientes un héroe se alzó entre los concurrentes y se dirigió hacia los camerinos circunspecto, con los puños apretados, con el paso un pelo tambaleante, un pelo decidido, como Odiseo hacia las sirenas, el rostro brillante de sudor y torva la mirada; y que al cabo de nada apareció la musa, el pianista y el héroe, que fue recibido con una ovación cerrada, ¿pues cuántos no habían mordido el polvo, cuantos superado la prueba?, alentada por los golpecitos del arco sobre el violín de la musa, que hasta en el aplauso se mostraba embriagadora, y que después de

los prolegómenos habituales, carraspeos y silencio expectante, ocurrió; y la sonata número 2, en re menor, emergió con unos rotundos ataques del arco sobre la cuerda que provocaron el delirio y los ojos arrasados en lagrimas, y, a cada paso de página, el héroe se levantaba vacilante en brete de desplome; y fue el caso que volvió a ocurrir lo inaudito, lo que ni un Heifetz, ni un Szeryng, ni un Perlman, ni un Menuhin, ni un Oistrakh, ni, en fin, los más grandes violinistas de todos los tiempos, juntos, habrían conseguido; que nos olvidáramos del héroe y de su ocasión; y, en ésas, apartándose el pelo que descubría una bella perla por pendiente, comenzó el segundo movimiento o tal vez el tercero, o el cuarto, no sé, pues de lo acontecido nadie puede ya dar testimonio; tan sólo, en la memoria, queda un silencio macizo que, prodigiosamente, se rompió por el eco de un bravo solemne; y fue entonces que la tierra tembló; como por primera vez.

“La guerra de los número, bancarrota mundial”, por Eduardo Martín

Nadie hubiera creído en los primeros anos del siglo XXI que a nuestro complejo y ordenado mundo le podía ocurrir lo que, de hecho, le ha ocurrido esta mañana: el desplome histórico y sin precedentes de la bolsa de New York y con ella de todas las bolsas del mundo económico desarrollado. La inteligencia y la capacidad organizativa del hombre han sido puestas en entredicho como nadie antes lo podía haber imaginado. Siglos y siglos de avances científicos y tecnológicos y de construcción de sociedades cada vez más perfectas se vienen abajo con la bancarrota del sistema financiero mundial. Algo imprevisible a los ojos del ciudadano medio, del banquero y del experto “broker” estaba fraguándose mientras los hombres se ocupaban de sus diversos asuntos sin ser conscientes de lo que en realidad estaba por suceder. En este caso, no eran los alienígenas los que nos vigilaban y estudiaban, quizá tan detalladamente como un hombre con un microscopio podría observar las pequeñas criaturas que medran y proliferan en una gota de agua, como en la novela de H. G. Wells La guerra de los mundos. Esta vez eran los grandes números y las descomunales e inimaginables cifras las que estaban calculando nuestro destino haciendo no sólo verdad la afirmación pitagórica de que las cosas y la realidad son números, sino mucho más que eso. Estos números o inteligencias inmateriales nos controlaban y nos vigilaban en la sombra. Con infinita complacencia, los hombres fueron de un lado a otro del planeta ocupándose de sus pequeños asuntos, seguros de su dominio sobre la materia, sobre la realidad y sobre el mercado. Tal vez los microbios que vemos en el microscopio hacen lo mismo. Nadie pensó que este mundo de números pudiera ser fuente de peligro para la humanidad. Sólo pensamos en ellos para utilizarlos como instrumentos para medir y contar una realidad que cada vez se convertía más en una imagen y semejanza del mundo humano, haciendo buena la afirmación de Protágoras de que “el hombre es la medida de todas las cosas”. Resulta difícil aceptar los hábitos mentales de nuestros días y asumir una situación que se nos ha ido de las manos. Entonces, en tal día como hoy, se produce un gran crack económico y financiero que colapsa y paraliza el quehacer diario de la humanidad y cuyas consecuencias devastadoras todavía hoy desconocemos. La idea ilustrada de un progreso hacia un mundo mejor ha llegado definitivamente a su fin y comienza una época de decadencia que hará hundirse a la civilización hasta sus propios cimientos. Sólo queda esperar que el hombre renazca en un futuro cuan Ave Fenix de sus propias cenizas pero una cosa será cierta: el mundo y la historia de la humanidad tal y como la hemos conocido hasta hoy ha llegado a su fin y el nuevo mundo que está por nacer será tan nuevo y original que todavía hoy es de por sí inimaginable.

El potencial destructivo de los riesgos financieros globales se ha manifestado en el día de hoy con una fuerza dantesca y descomunal. La fecha del 30 de Octubre de 2008 pasará a los anales de la historia con más fuerza si cabe que la de los estallidos de las dos guerras mundiales pero con una gran diferencia. En este caso no sabemos exactamente quién es el enemigo y a quién nos enfrentamos. Todo este “crack” financiero se ha convertido en una maraña de cifras y números difícilmente descifrable. Sólo sabemos que ese riesgo financiero que nos hacía anticipar el futuro ya en el presente ha provocado que viviéramos por encima de nuestras posibilidades reales en unas ficticias sociedades en continuo crecimiento. La capacidad de autoengaño del hombre ha demostrado tener unos límites incalculables. El gran optimismo de la cultura y la sociedad llamada postmoderna o postindustrial se invierte ahora en pesimismo, miedo y una completa imprevisión. La supuesta racionalidad del ser humano y su capacidad de explicar y predecir la realidad que está por venir es puesta en duda ante la magnitud de las cifras que se están destapando y descubriendo en los últimos días. La imposibilidad de calcular los riesgos financieros es producto de una destacada incapacidad de conocer. Ahora son muchos los que caen en la cuenta del error de haberse dejado guiar por esa irracional pseudociencia que es la economía idealista. Si Kant levantara la cabeza no daría crédito. A Nietzsche le entraría una risa irónica y maliciosa.

Una vez desaparecida la alarma weberiana del mudo despotismo de la racionalidad técnica y burocrática, lo que ha angustiado al ser humano contemporáneo es el presentimiento de que las formas de organización de nuestras necesidades materiales y nuestras obligaciones morales puedan rasgarse y de que se hunda el sensible sistema operativo de la sociedad globalizada en la que vivimos. Lo que para Weber, Adorno y Foucault era el horror de una racionalidad perfecta controlando un mundo administrado es una promesa fuertemente anhelada para las víctimas potenciales de los riesgos financieros que, en realidad, somos todos. Nadie se libra. Parece que de buenas a primeras todo el mundo abdica de su libertad duramente conquistada a lo largo de la historia de nuestras sociedades para ponerse al rebufo del calor del “Todopoderoso Estado Benefactor”. Muchos podrán anhelar ahora esa ya antigua racionalidad controladora para que ponga orden y control en los desmanes que han estado sucediendo y, sin duda, seguirán sucediendo en el futuro más cercano que está por acontecer. Pero ya es demasiado tarde para dichos anhelos porque las causas de lo que se nos viene encima se han globalizado y mundializado, y ya no pueden ser controladas y manejadas por ningún centro de poder político y burocrático, a pesar de los denodados intentos de todos los gobiernos por coger los timones de un barco que va a la deriva y sin rumbo. Los capitanes ya no gobiernan el barco, sino que es el mar el que nos dirige y nos lleva.

Se ha declarado el ESTADO DE EXCEPCION MUNDIAL, ese del que habló Carl Schmitt descubriendo en el un maravilloso potencial político regenerador cuando este es inducido por riesgos reales. Conocemos en nuestra historia relativamente reciente sobrados ejemplos de declaración del estado de excepción en Estados pero nunca nos habríamos podido plantear que el estado de excepción se pudiera declarar a nivel mundial. Pero cobra sentido su aplicación a escala planetaria si tenemos en cuenta que las causas y las consecuencias de esta bancarrota mundial no pueden ser entendidas sino a una escala planetaria. Pero dejémonos de reflexiones filosóficas y pasemos a detallar qué acontecimientos han ocurrido y cuáles están por venir en un efecto dominó imparable:

  1. Los Estados declaran no poder pagar los sueldos de todos los funcionarios públicos. Por tanto, todos los servicios públicos de sanidad, educación, justicia, etc., quedan suspendidos. En el caso de la sanidad se establecerán unos servicios de emergencia que aún están por determinar.
  2. Los bancos han cerrado sus puertas y paralizado su actividad por falta de liquidez. Los cajeros no funcionan pues no tienen dinero. Durante toda la mañana las colas en los bancos de gente retirando sus depósitos han sido continuas y han provocado un caos y un pánico absolutos. Ni siquiera podemos saber el valor real de monedas como el euro y el dólar por su fuerte devaluación. ¿Volveremos de nuevo al trueque como nuestros antepasados?
  3. Los precios de los artículos de primera necesidad han multiplicado hasta cinco veces su valor y lo peor está por venir porque el suministro de alimentos y otros artículos no está asegurado. Casi nadie puede comprar y vender con dinero.
  4. Muchos estados se plantean liberar de las cárceles a los presos menos conflictivos y peligrosos para así concentrar los pocos recursos que se disponen en controlar a los verdaderamente peligrosos. Una peligrosa anarquía se está adueñando de las calles… ¿es la guerra?

“Joe Meek lo sabía”, por Ángel Martín

“El liderazgo de Estados Unidos va a hacer este mundo mejor”. Charles Bolden, director de la NASA, 6 de agosto de 2012.

A las 7.32 minutos un artefacto construido por humanos ha aterrizado en Marte. Cualquiera que haya visto el video-simulación que mostraba el aterrizaje del robot Curiosity (en adelante, “Curiosidad”), habrá tenido de un fino escepticismo las esperanzas de que semejante procedimiento funcionase. Y no obstante, ahí esta… o eso dicen. Una foto en blanco y negro con un objetivo gran angular, que lo mismo es de Marte que de la playa del Carabasi, es la única prueba por el momento. Sigue leyendo “Joe Meek lo sabía”, por Ángel Martín

“El escritor como psicólogo”, por Juan José Lara

Presentación y comentario al texto filosófico.

Juan José Lara

Como es bien sabido, Platón rechazaba que el arte tuviera valor cognoscitivo alguno. Aristóteles disiente. Aristóteles ofrece una afirmación que ha desconcertado a sus lectores que “también está claro que la tarea del poeta no es decir lo que ha sucedido sino qué tipos de cosas pueden suceder”. A continuación, el estagirita añade esta reflexión: Sigue leyendo “El escritor como psicólogo”, por Juan José Lara

“Hermenéutica filosófica y hermenéutica literaria”, por Luis Martínez-Falero

Hermenéutica filosófica y hermenéutica literaria: Antecedentes, problemas y perspectivas.

Luis Martínez-Falero,
Universidad Complutense de Madrid

Desde los orígenes del pensamiento occidental, la cuestión del sentido ha ocupado un lugar preeminente en el quehacer de filósofos, gramáticos o historiadores. Las cuestiones derivadas de los textos homéricos, por una parte, y los textos religiosos, por otra, requirieron un sistema, a causa del carácter alegórico y enigmático de los textos, que diera a conocer una lectura útil para la existencia, que permitiera asimilar el contenido de unas palabras cuya trascendencia sólo era mensurable mediante la comprensión. Y este sentido oculto ha alcanzado hasta nuestros días en las distintas variedades del discurso humano. En este sentido, y siguiendo a Paul Ricœur, podemos definir la hermenéutica como “la teoría de las reglas que rigen una exégesis, es decir, la interpretación de un texto particular o de un grupo de signos susceptibles de ser considerados como un texto”1. Es éste, pues, nuestro punto de partida: la hermenéutica como sistema para interpretar textos, por lo que comenzaremos por una visión histórica, para –después– considerar la hermenéutica en la actualidad, a partir de las tendencias y sus consecuencias, surgidas de la reformulación efectuada por Martin Heidegger en Ser y tiempo, con los problemas suscitados y sus posibles soluciones. Sigue leyendo “Hermenéutica filosófica y hermenéutica literaria”, por Luis Martínez-Falero